El futuro de Latinoamérica pasa por Asia

"La singularidad del continente es que nunca descarta definitivamente ninguna de las opciones posibles. La consecuencia es inevitable: los viejos problemas y las ambiciones de siempre resurgen una y otra vez. Se cruzan, se repiten y crean laberintos reconocibles que se bifurcan hasta el infinito.  Y haciéndolo crean el desánimo del continente que siempre es el continente del futuro".

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En 1941 Jorge Luis Borges escribió un precioso cuento – El jardín de los senderos que se bifurcan – en el que Albert, uno de sus personajes, recuerda que cuando alguien tiene que elegir entre diversas alternativas, optar por una de ellas implica renunciar al resto de escenarios que hubieran podido existir. En el cuento de Borges esta simplificación no se produce. Hay otro protagonista, el sabio chino Ts’ui Pen, que siempre retiene todas las opciones y haciéndolo crea infinitos presentes y futuros que se bifurcan. Este cuento de Borges es una buena descripción de la historia de Latinoamérica. Como en todas las sociedades del mundo, Latinoamérica se enfrenta a situaciones sociales y retos económicos que demandan tomar decisiones. Que exigen actuar. La singularidad del continente es que nunca descarta definitivamente ninguna de las opciones posibles. La consecuencia es inevitable: los viejos problemas y las ambiciones de siempre resurgen una y otra vez. Se cruzan, se repiten y crean laberintos reconocibles que se bifurcan hasta el infinito.  Y haciéndolo crean el desánimo del continente que siempre es el continente del futuro.

Pese a todo, cuanto más se viaja por la región, cuanto más estudia, cuantos más datos se acumulan… más seguro se está de que Latinoamérica es una región con un gran potencial económico, social y geoestratégico. Una región que ha sabido restaurar la democracia y prosperar, aunque menos de lo que hubiera sido deseable. Un continente que en menos de quince años, gracias al crecimiento logrado y a innovadoras políticas sociales, ha sacado de la pobreza a 60 millones de personas y creado una clase media de 300 millones de ciudadanos. Una región que en los últimos quince años ha aumentado sus exportaciones en 700 mil millones de US $ y gracias a ello ha conseguido –  en el Milenio del auge de China – aumentar en medio punto porcentual su cuota de mercado en las exportaciones mundiales[1].

Un continente que hablando de globalización, ha sido de los pocos – si no el único – capaz de conciliar más globalización con una mayor igualdad en la distribución de la renta y la riqueza[2].  Una región en la que los viejos demonios macro del pasado – las  hiperinflaciones, los defaults, las crisis cambiarias, las hecatombes bancarias – son en la mayoría de los países – la excepción es Venezuela – meros malos recuerdos del pasado.

Como diría Borges esta visión optimista de Latinoamérica quizás sea incompleta, pero no es falsa. El optimismo tiene bases sólidas aunque  para salir del laberinto hay que hacer más de lo que hasta ahora hemos hecho.

  1. Esfuerzos no recompensados.

En los últimos 15 años[3] América Latina ha crecido en promedio un 3%, un punto porcentual más que los países desarrollados pero 3 puntos porcentuales menos que el conjunto de los países emergentes y 5 puntos porcentuales menos que los asiáticos más exitosos. El 80% del crecimiento latinoamericano se ha debido a un aumento de la población en edad de trabajar: la región ha sido capaz de crear 70 millones de empleos[4], de los que 33.6 millones han sido para mujeres.

La otra cara de ese dato es que solo un 20% de nuestro crecimiento se ha debido a mejoras de la productividad. De hecho, el promedio de crecimiento latinoamericano de la productividad entre 2003 y 2018 es de apenas un 0.6% frente al 6.1% que ha crecido en Asia[5]. La implicación de este dato es que mientras en Asia cada 1% de creación del empleo virtualmente se traduce en un punto porcentual de crecimiento, nuestra menor eficiencia productiva nos condena a que para obtener el mismo resultado – un 1% de crecimiento – tengamos que hacer el triple de esfuerzo. En más de un sentido, nuestros esfuerzos no están suficientemente recompensados.

¿Por qué nos pasa esto?  La respuesta simple – contable, algebraica  – es que tras muchos años de estabilidad macroeconómica, prudencia fiscal, reformas laborales, apertura al exterior, inversión extranjera directa, crecientes presupuestos educativos … la productividad sigue sin reaccionar, crecemos poco y por ello necesitamos reforzar nuestras políticas de inclusión social – de redistribución del ingreso que surge del “mercado” vía impuestos y transferencias – para combatir el aumento de la desigualdad tanto de oportunidades, como de renta y riqueza.

Aunque esta forma de plantear nuestras alternativas primero creamos riqueza y luego la distribuimoses preferible a la que los viejos populismos usaron en el continente primero repartimos, luego ya veremos de donde viene el crecimientono es la mejor porque tenemos evidencia suficiente para sostener que eficiencia y equidad se determinan conjunta y simultáneamente.

Como Santiago Levy[6] ha documentado en el caso de México, el debate del futuro no será cómo diseñamos políticas para aumentar la tasa de inversión, los años de escolaridad o el número de  acuerdos de libre-comercio firmados. Ni siquiera se tratará de evaluar los argumentos para justificar la necesidad de contar con leyes de responsabilidad fiscal que aseguren que nuestra  solidaridad es compatible con el cumplimiento de los objetivos de deuda y déficit. Como Asia – y muy particularmente China nos ha enseñado – la Gran Oportunidad del continente pasa por dotarse de instituciones y de políticas que aprovechen el capital físico y humano que el continente ya tiene. La prosperidad pasa por reasignar mejor los recursos que ya tenemos, y por crear incentivos para seguir acumulando educación, conocimiento, innovación, y en último termino, eficiencia y equidad.

La urgencia de este debate viene impuesta por tres factores que Latinoamérica ya no puede eludir:

  • Su proceso de envejecimiento demográfico,
  • el impacto del neo-proteccionismo sobre sus expectativas de crecimiento
  • y su vulnerabilidad, por su bajo nivel de diversificación productiva, a la Revolución Tecnológica
  • Un Continente no tan joven… pero con un elevado Gap de Género.

A veces nos ensimismamos tanto con los datos macro que se nos olvida prestar atención a otras transformaciones que están pasando ante nuestros ojos y que tienen inmensas consecuencias sobre nuestro bienestar y el de nuestros hijos y nietos.

Uno de estos factores infravalorados es el envejecimiento paulatino del continente. Aunque estamos muy lejos de los inviernos demográficos de los países desarrollados, la tasa de fertilidad en Latinoamérica ha pasado del 2.6 por mil en 2000 al 2.1 por mil en 201 y estará por debajo del 1.8 por mil en 2030.

La caída de la fertilidad junto al aumento de las expectativas de vida dará como resultado que la mediana de edad del continente pase de los 22 años que se registraba hace una década a algo más de 30 años.  Hoy ya la mediana de edad de México es de 28 años y en Brasil de 31.6 años

Este envejecimiento tiene repercusiones importantes sobre la sostenibilidad de los  sistemas de pensiones, pero sobre todo tiene un impacto crítico: de cumplirse las previsiones, el crecimiento de la población potencialmente activa pasaría del 2.3% registrado entre 2003 y 2018 al 1.1% en 2030, lo que supone una caída del 52% en la variable que históricamente ha explicado el  80% de nuestro crecimiento.

En otras palabras … un cambio realmente sistémico.

De no mediar una mejora de la productividad, nuestra tasa de crecimiento “sostenible” pasaría del 2.9% de los últimos 15 años a un mero 1.7%.

Aunque es una posibilidad, yo les confieso que no le doy muchas chances de que ocurra. Por dos razones. La primera porque este escenario llevaría a cambios institucionales y de políticas que acabarían mejorando la productividad. Y la segunda – con mayor grado de confianza – porque las mujeres, una vez más, acudirán al rescate y compensarán con su mayor tasa de actividad el envejecimiento de la población.

Como señale antes, en América Latina la tasa de ocupación de las mujeres en el mercado laboral está  por debajo del 50%, 12 puntos inferior a la de los hombres. Aprobar una legislación que cierre la brecha de género, que rompa el techo de cristal, la discriminación salarial y se ajuste mejor a la nueva distribución de competencias y skills educativas del país – y no hay duda de que las mujeres han dado un salto de gigante en la acumulación de capital humano en estas últimas décadas – no solo es una cuestión de moralidad pública… es un imperativo económico. McKinsey ha estimado que si las políticas de género convergieran hacia el país con mayor tasa de ocupación femenina (Uruguay), el crecimiento del PIB acumulado de aquí a 2030 sería del 11%, lo que equivale a 3 años de crecimiento de la región.

Si el objetivo fuese la no discriminación de género en tasas de ocupación el aumento del PIB sería equivalente a un 34% del PIB. Excluyendo a India, son las mayores ganancias de crecimiento que McKinsey encuentra entre todos los emergentes. En conclusión, si no se hacen políticas de igualdad, el continente crecerá menos, de forma más injusta e inestable. Por eso, se hará. No tengo duda.

Neoproteccionismo, commodities y diversificación productiva

La moderación del ciclo alcista del precio de los commodities, la desaceleración del crecimiento mundial y el resurgimiento de las tensiones proteccionistas añaden urgencia al proceso de transformación productiva de Latinoamérica.

El 50% del aumento del valor de las exportaciones de Latinoamérica en estos 15 años lo explica el incremento de valor de sus exportaciones de materias primas. Los análisis que se ha hecho sobre el impacto de corto y medio plazo sobre la región de un shock comercial proteccionista estiman unas pérdidas de crecimiento entre el 0.5% y el 1%[7], con Brasil siendo la economía  menos afectada y México la que más sufriría.

Pero yo creo que la vulnerabilidad de la región a las tensiones proteccionistas no conviene exagerarla.

México – responsable del 50% de las exportaciones del continente – ya ha cerrado su nuevo acuerdo comercial con USA. Brasil continúa siendo básicamente una economía cerrada. Si se acude al último informe de Indicadores Económicos del Banco Mundial se puede comprobar que las tres economías más cerradas del mundo son Sudan… Argentina y Brasil. Y los dos – de hecho, Mercosur –  acaban de cerrar un acuerdo histórico con la Unión Europea. Son pruebas evidentes de que la integración en la economía mundial- y particularmente con los líderes económicos mundiales: USA, China y la Unión Europea-  pueden convertirse en los motores de un crecimiento posible.

El mayor riesgo del neoproteccionismo es financiero. Como sabe cualquiera familiarizado con la historia de las crisis de la región, cuando los ingresos por exportaciones caen, la región trata de saltarse la restricción exterior vía endeudamiento externo. Y este atajo siempre acaba mal. ¿Por qué? Básicamente porque el ahorro externo no es un sustituto perfecto del bajo nivel de ahorro interno. China es una gran lección de qué es lo que hay que hacer: aumentar el ahorro interno.

La gran pregunta no es por qué se endeuda externamente America Latina, sino por qué Latinoamérica ahorra tan poco. De hecho, apenas unas décimas más que África Subsahariana. Y una parte de la respuesta es porque la región está financieramente poco integrada. La exclusión financiera es una realidad para 300 millones de latinoamericanos. Contribuir a solucionar esa costosísima brecha social y económica es donde yo veo el gran valor añadido de los sistemas financieros de la región. 

  1. Inclusión Financiera como política prudencial

En 2017[8], el 55% de la población mayor de 15 años de América Latina tenía una cuenta corriente abierta en una institución financiera, 12 puntos porcentuales más que en 2011. La extensión de los programas de cuentas básicas y la domiciliación en cuentas bancarias del pago de los programas sociales había conseguido que el 43% de los ciudadanos pertenecientes a los cuatro déciles más pobres tuvieran acceso al sistema bancario – 19 puntos más que seis años antes – y, aunque las mujeres seguían estando relativamente menos bancarizadas – 52% frente a 59% los hombres – la brecha respecto a principios de la década se había reducido a la mitad.

Pero aunque en los últimos 10 años se ha producido un gran avance de la inclusión financiera, la realidad es que alrededor de 300 millones de personas siguen excluidos del sistema financiero latinoamericano, y lo que es más impactante:  tan solo el 10% de la población adulta ha tenido  alguna vez en su vida un préstamo de una institución financiera.

De igual forma, aunque el 38% de los latinoamericanos ahorraron de alguna forma – en los circuitos informales o con la compra de un bien duradero o la compra de una casa – tan solo el 13% lo hizo en una institución financiera formal.

Resolver esta brecha financiera es un “hanging fruit” del crecimiento latinoamericano. Se estima que el crecimiento se podría acelerar entre 5 y 10 puntos porcentuales simplemente llevando los ratios de crédito y depósitos al PIB a los niveles que les corresponderían en función de la renta per cápita actual de los países del continente.

Hay muchas razones para el lento avance de la inclusión financiera.

Entre ellas las más analizadas son las barreras regulatorias, la falta de innovación en la oferta de productos adecuados a la población que se intenta servir, las fallas de coordinación entre el sector público – y entre los distintos agentes públicos entre sí – y el sector privado – y dentro de él, entre las instituciones financieras tradicionales y los nuevos jugadores -.

Pero la más determinante sigue siendo que con tecnologías y modelos de negocio tradicionales atender a los segmentos más desfavorecidos requiere inversiones muy altas con márgenes bajos. Por eso la gran oportunidad que supone la aplicación de las nuevas tecnologías a la Inclusión Financiera. China nuevamente es un gran ejemplo.

  1. La Macro no nos hará perder el futuro

A lo largo de 2019 el contexto internacional está reproduciendo a cámara lenta lo que temíamos desde los primeros shocks al multilateralismo: el crecimiento mundial se desacelera como consecuencia de las Guerras Comerciales China-EE. UU., la caída de la confianza de los consumidores, y  la mayor incertidumbre geopolítica.  Pero pese a todo el crecimiento mundial se mantiene en torno al 3.0% en 2019 y al 3.6% en 2020. Esos números no son los de una economía mundial en recesión… pero tampoco los de una economía global boyante.

Latam – exceptuando Venezuela – sigue creciendo, pero cada vez con mayores riesgos a la baja. En junio el IMF prevé un crecimiento en torno al 0,6%, más de 2.5 puntos menos que lo que le daba en octubre de 2018. En buena medida esta revisión se debe a que el IMF ve cada vez peor a Venezuela y a Argentina, pero también a que comienza a ser más pesimista sobre el rebote de México y se impacienta por el ritmo de las reformas de Brasil.

El Secretario General de la OCDE tienen razón cuando apunta a que la escalada de las guerras comerciales puede llegar a costar 0.7 puntos porcentuales de crecimiento de aquí a 2021. Incluso esta puede ser una estimación conservadora porque es difícil estimar que puede ocurrir cuando las compañías privadas comienzan a ser protagonistas del enfrentamiento. Pero al margen de las estimaciones, el problema grave es que se sabe cómo empieza una Guerra Comercial, pero no cómo y cuándo acaba. Lo único que podemos decir es que el mundo nunca volverá a ser el mismo. Y Latinoamérica tiene que anticipar ese escenario y estrechar lazos con todas las áreas que pueden  ayudarle a integrarse en la economía mundial.

El segundo riesgo- lejano, pero posible – es que la inflación reaparezca: si hay aranceles, los precios subirán y los Bancos Centrales se verán enfrentados a un dilema: subir tipos y provocar una recesión, o no subirlos y perder su credibilidad. Las dos opciones son malas para el futuro del crecimiento.

El tercer riesgo es que China se desacelere de verdad: a crecimientos por debajo del 5%. El impacto de esa crisis- sobre todo sobre los emergentes – sería muy tóxico para la región.

Pero lo esencial es que todos los frenos al crecimiento global son el resultado de malas políticas: alta desigualdad, baja productividad, guerras comerciales absurdas, reformas necesarias postergadas que se disimulan con más deuda pública y privada, y tímidos avances en el cambio climático…. Cualquiera de esas malas políticas puede desencadenar reacciones en cadena, porque todas son determinantes de cómo será nuestra vida en 10, 15 o 20 años.

La sociedad está impaciente por encontrar respuestas. Por eso lo peor sería seguir “como si no estuviera pasando nada”. Está pasando y mucho. Lo que ocurre es que no nos ponemos de acuerdo en cómo enfrentar el cambio y con esa inacción debilitamos la economía global y su capacidad de respuesta. El social backlash frente a la globalización, la revolución tecnológica, las desventuras de las clases medias desarrolladas, el aumento de la   desigualdad y la pasividad ante el cambio climático puede precipitar la adopción de políticas insostenibles y regresivas.

Cuánto peores sean las consecuencias de esas malas políticas en términos de eficiencia y equidad más difícil será volver a crecer a ritmos  elevados y consistentes con la mejora de la distribución de la renta y de las oportunidades hacia los auténticos perdedores de la globalización, la falta de competencia y el debilitamiento de las políticas públicas. Ese es el mayor riesgo de la Economía Global, y por tanto de Latinoamérica.

El problema es de economía política no de macroeconomía. Son heridas autoinfligidas, que todavía se pueden evitar. Por eso la relevancia de Borges y del sabio chino Ts’ui Pen: Latinoamérica retiene todas las opciones y puede usarlas para crear infinitos presentes y futuros que se bifurquen y la lleven al ansiado desarrollo sostenido e inclusivo.

[1] Los datos son de la WTO. En 2003 Latam exportaba 390 mil millones de US $ y en 2018 alcanzó 1.085 mil millones de US $. Su cuota de mercado en las exportaciones globales paso del 5.2% en 2003 al 5.6% en 2018.

[2] Medidos por los Índices de Gini del Banco Mundial. Ver Gráfico 1. Salvo Costa Rica, todos los países de Latam se encuentran en el cuadrante bueno: en el que entre 2003 y 2018 se han producido reducciones en el Índice de Gini.

[3] 2003-2018, Datos del WEO April 2019, IMF.

[4] Los datos son de la OIT. El total de ocupados asciende a 290 millones de personas, lo que supone una tasa de ocupación del 59%. Las mujeres ocupadas ascienden a 117 millones (tasas de ocupación del 47%) y han aumentado entre 2003-2018 en 33.6 millones de personas.

[5] Informe McKinney Global Institute. Where will Latin America’s growth come from?  April 2017.  Https://www.mckinsey.com/featured-insights/employment-and-growth/how-to-counter-three-threats-to-growth-in-latin-america

[6] Santiago Levy. (…) las principales políticas e instituciones que impiden el crecimiento son aquellas relacionadas con las regulaciones sobre los impuestos, el trabajo y la seguridad social, y el cumplimiento de los contratos. Al documentar la relevancia central de estos temas, el libro es una crítica implícita a la idea de que buenas políticas macro, comerciales y de competencia, acompañadas de inversiones en educación, son suficientes por sí solas para traer prosperidad al país. También es una crítica implícita a la idea de que cualquier combinación de políticas para mejorar la inclusión social es bienvenida, siempre y cuando tenga en cuenta las restricciones presupuestarias del gobierno. Por último, es una crítica implícita a la idea de que los bajos ingresos derivados de una productividad estancada deben ser compensados aumentando las transferencias a través de múltiples programas sociales (…) Este cambio en el debate no debe de ninguna manera entenderse como un argumento a favor de menos impuestos y una reducción del gasto social. Al contrario, México tiene que aumentar su carga fiscal y ampliar el alcance, cobertura y calidad de los programas para aumentar el bienestar de los trabajadores, y para ayudar a aquellos que más lo necesitan. Sin embargo, debe hacerlo a través de políticas públicas que contribuyan a la productividad, no que la perjudiquen. Retórica a un lado, el crecimiento con inclusión social solo se producirá si los incentivos implícitos en las políticas públicas se alinean para cumplir estos dos objetivos simultáneamentehttps://flagships.iadb.org/es/esfuerzos-mal-recompensados

[7] https://flagships.iadb.org/es/MacroReport2019/Construir-oportunidades-para-crecer-en-un-mundo-desafiante

[8] Todos los datos proceden de Global Findex Database 2017, Worldbank. https://globalfindex.worldbank.org/

Un análisis de la situación en 2015 se puede leer en Fernando de Olloqui, Gabriela Andrade, Diego Herrera “Inclusión Financiera en America Latina y el Caribe”- Working Paper IDB-DP-385. BID, junio 2015. https://publications.iadb.org/handle/11319/6990?locale-attribute=pt

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