11 de agosto electoral en América Latina: Comicios en Guatemala y Argentina (I)

Es muy dudoso, además, que cualquiera de los dos tenga capacidad, apoyos y voluntad política para encarar los principales retos del país. Tanto los económico-sociales (una pobreza que supera el 60%, elevada desigualdad, informalidad laboral del 70% y una matriz productiva poco competitiva); los de seguridad causados por la presencia de la maras y el crimen organizado, y los institucionales provocados por un estado ineficaz a la hora de impulsar políticas públicas eficientes.

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Este 11 de agosto es de alta intensiva electoral en América Latina. Guatemala vota en elecciones presidenciales y en Argentina los partidos celebran las PASO, las internas para elegir candidatos para la presidencia, las cuales de facto se han convertido en una especie de primera vuelta de las presidenciales que tendrá lugar en octubre.

El país centroamericano acude a las urnas para dirimir, en segunda vuelta, quién será el presidente para el periodo 2020-2024. Y lo hace entre la más votada en primera vuelta (Sandra Torres) y el que acabó segundo, Alejandro Giammattei. Ambos pasaron al balotaje el 16 de junio con escaso apoyo (24% para ella y un 12% para él) tras quedar fuera de la contienda dos de las candidatas favoritas (Zury Ríos y Thelma Aldana) por sendas decisiones polémicas de la Corte de Constitucionalidad.

Sandra Torres (exprimera dama del país durante el gobierno de su exmarido Álvaro Colom entre 2008 y 2012) parecía partir como favorita para el balotaje ya que cuenta con el partido mejor estructurado (la UNE), aventajó en más de 10 puntos y 600 mil votos a su rival, ha construido una red clientelar en el interior del país que le suma apoyos y tiene una elevada influencia institucional. Durante el cuatrienio de su exesposo (2008-2012) dirigía la política social del gobierno lo que le dio visibilidad, popularidad y apoyos que ha logrado mantener.

Sin embargo, es víctima de un fuerte anti-voto sobre todo en la capital donde se la ve como una figura “autoritaria” y populista lo cual explica su dificultad para avanzar en las encuestas. Pese a su giro hacia el centro (ya no dice que es “socialdemócrata”) y haber apoyado iniciativas contra el aborto y el matrimonio homosexual, sigue siendo muy mal vista por el electorado capitalino. El votante guatemalteco que reniega de Sandra Torres solo tiene dos alternativas: refugiarse en la abstención (todo indica que será muy elevada en la segunda vuelta) o votar con resignación a Alejandro Giammattei quien encarna el voto más a la derecha: su propuesta estrella gira en torno a la mano dura contra la inseguridad y a la construcción de un tren de alta velocidad sobre el que se ignora cómo se financiaría.

Prueba de que ni Sandra ni Giammattei se han ganado al electorado es que la campaña ha pasado a un segundo plano desde que se inició hace casi dos meses: primero por la dudas sobre los resultados de la primera vuelta por los errores y fallos en el recuento que provocaron que incluso se hablara de fraude. Y luego porque la decisión de convertir a Guatemala en tercer país seguro ha tapado cualquier otro debate nacional.

Gane quien gane el panorama para Guatemala no va a ser fácil. Giammattei encabeza la mayoría de las encuestas pero posee un partido con una débil presencia en el Congreso lo que augura dificultades para garantizar la gobernabilidad. Torres, por el contrario, posee una fuerte bancada de 54 diputados pero su figura es muy polarizadora: no solo tendría la animadversión de una parte considerable del electorado sino que sobre ella pende la sombra de la corrupción por financiamiento ilegal en las elecciones de 2015.

Es muy dudoso, además, que cualquiera de los dos tenga capacidad, apoyos y voluntad política para encarar los principales retos del país. Tanto los económico-sociales (una pobreza que supera el 60%, elevada desigualdad, informalidad laboral del 70% y una matriz productiva poco competitiva); los de seguridad causados por la presencia de la maras y el crimen organizado, y los institucionales provocados por un estado ineficaz a la hora de impulsar políticas públicas eficientes.

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