Es la economía, estúpido. Los problemas de Brasil y México

El problema de la acentuada ralentización brasileña y mexicana responde a causas internas que empeoran las ya de por sí desfavorables condiciones que provienen del exterior. Y una de esas razones internas es que los gobiernos de Bolsonaro y López Obrador, tan diferentes el uno del otro, coinciden en un aspecto: no despiertan confianza.

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Durante el quinto mes de 2019 el nivel de actividad económica en México registró una contracción del 0,3%. Esta es la segunda variación negativa registrada en lo que va de año, después de la caída del 0,6% de febrero. Sin duda la volatilidad mundial y los síntomas de ralentización internacional afectan a la economía mexicana pero el problema es más interno que externo. Después de todo México crece muy por debajo de su gran socio, los EEUU. El PIB estadounidense aumentó un 2,1% en el segundo trimestre de 2019, de acuerdo con la Oficina de Análisis Económico. En el primer trimestre, el PIB real estadounidense había aumentado un 3,1%.

De igual manera, el Brasil de Jair Bolsonaro no sale del estancamiento ni siquiera impulsando una reforma estructural, la de las pensiones. Después de dos años de recesión (2015-2016) creció apenas al 1,1% tanto en 2017 y 2018. Para 2019, el Fondo Monetario Internacional (FMI) redujo el pronóstico de crecimiento del 2,1% al 0,8%.

Esta situación de estancamiento ha provocado que ambos gobiernos traten de estimular la alicaída economía:  el Gobierno brasileño se ha visto obligado a liberar los fondos de indemnización de los trabajadores con la intención de dar entre 2019 y 2020 un impulso de emergencia de 42.000 millones de reales (11.200 millones de dólares) a una economía en profunda desaceleración.

En México, el secretario de hacienda, Arturo Herrera, anunció una inyección de 25.500 millones de dólares a fin de dar “un empujoncito a la economía” para evitar lo que ya se prevé: que México sufra una recesión técnica en el segundo semestre.

El problema de la acentuada ralentización brasileña y mexicana responde a causas internas que empeoran las ya de por sí desfavorables condiciones que provienen del exterior. Y una de esas razones internas es que los gobiernos de Bolsonaro y López Obrador, tan diferentes el uno del otro, coinciden en un aspecto: no despiertan confianza.

Como señala Alejandro Werner, director para el Hemisferio Occidental del del FMI, “la elevada incertidumbre en torno a las políticas económicas en algunas economías importantes de la región también ha contribuido al poco ímpetu del crecimiento. En Brasil, las inquietudes acerca del cronograma y el alcance de las tan necesarias reformas de las pensiones —un proyecto de ley se está debatiendo actualmente en el congreso— han mantenido la incertidumbre de las políticas económicas en niveles superiores a los promedios históricos”.

En México, persiste la elevada incertidumbre debido a la reversión de ciertas políticas económicas, en particular en relación con las reformas de la energía y la educación. Tampoco se han disipado las preocupaciones acerca de la salud financiera y las perspectivas de Pemex.

Los dos gigantes regionales (México y Brasil) están gobernados, desde hace más de seis meses, por dos líderes atípicos. Andrés Manuel López Obrador en el primer caso y Jair Bolsonaro en el segundo representan la cara y la cruz de América Latina. López Obrador y Bolsonaro son dos polos opuestos ideológicos y políticos: el brasileño es visto como adalid de la derecha dura, derecha extrema a quien algunos incluso califican como “extrema derecha”. López Obrador encarna en el imaginario colectivo a la izquierda, la justicia social y la lucha contra la corrupción.

Sin embargo, más allá de sus evidentes diferencias políticas, guardan claros paralelismos: se parecen en que su tendencia a la demagogia y a la improvisación está provocando una elevada sensación de inseguridad e imprevisibilidad en cuanto al tenor de sus decisiones y a la viabilidad de sus respectivas gestiones.

Los paralelismos les hermanan y esas características comunes han provocado fenómenos similares que afectan a ambos países: un empeoramiento de la situación económica y de las previsiones macroeconómicas a corto plazo.

Bolsonaro y López Obrador se han convertido en hijos de la desafección y padres de la incertidumbre una vez en el poder:

1-. Hijos de la desafección

Ambos son hijos de  la desafección de la ciudadanía hacia la clase política tradicional, los partidos y las instituciones. Los dos encabezaron lo que Daron Acemoglu y James A. Robinson (autores de “Por qué fracasan las naciones”) califican como “coalición de descontentos” la cual se inclinó en México y Brasil por respaldar a políticos ajenos al stablishment.

En las elecciones de 2018 ese rol de Bolsonaro y López Obrador dio sus frutos: canalizaron el creciente voto del enojo hacia los partidos en el poder existente tanto en México como en Brasil.

La victoria de Bolsonaro se explica por varias razones: sobre todo porque logró encauzar la desafección  hacia la política y los políticos tradicionales (el centroderecha –PSDB y MDB- fueron los otros grandes damnificados de este proceso electoral) y, en especial, atrajo el amplio sentimiento de rechazo hacia el PT y Lula da Silva. El antipetismo y el antilulismo veían al rival de Bolsonado, Fernando Haddad –un político con amplia experiencia, moderado y de sólida formación- tan solo como el plan B de Lula tras no poder este ser candidato.

Bolsonaro capitalizó el descontento por la corrupción gracias a su curriculum ajeno al escándalo del Lava Jato. Asimismo, apoyado en su perfil de exmilitar,  levantó, de forma creíble para la mayoría de la población, la bandera de la “mano dura” contra la inseguridad.

López Obrador se convirtió en la herramienta de la ciudadanía para ejercer un voto de castigo al PRI de Peña Nieto y al PAN que estuvieron alternándose en el poder desde el año 2000. Voto de castigo a tres gobiernos que no lograron que México saliera de su bajo crecimiento económico  y que se vieron envueltos en numerosos escándalos de corrupción. La magnitud de la debacle priista y panista da una idea del fuerte desgaste de los partidos tradicionales: López Obrador aventajó en más de 30 puntos a los otros candidatos en las presidenciales de 2018: a Ricardo Anaya (PAN) y a José Antonio Meade (PRI).

2-. Padres de la inseguridad e imprevisibilidad

La improvisación de la que hacen gala ambos gobiernos, la volatilidad y vaivenes que presiden la toma de decisiones;  la tendencia innata de ambos a caer en la demagogia; el enfrentamiento, la demonización del adversario y la polarización ha desembocado en que sean vistos, en tan solo seis meses, con suma desconfianza por los mercados y por la ciudadanía.

Por ahora, López Obrador mantiene un elevado apoyo (su partido, Morena, ha ganado en los recientes comicios a gobernador en Puebla y Baja California) por más que haya experimentado una leve bajada en las encuestas.

Pese a que Andrés Manuel López Obrador ha tratado de mostrarse moderado, confiable y ortodoxo en el arranque de su gobierno apelando a la austeridad y el equilibrio fiscal, no ha logrado zafarse de la desconfianza le rodea y le persigue. Una prueba es el Índice Global de Confianza de Inversión Extranjera Directa, de la consultoría AT Kearney, que coloca a México en el lugar 25, ocho por debajo del que ocupó en 2018 y 2017. La posición más baja que este país desde 2011.

Esta caída se ha producido durante el gobierno de López Obrador porque no genera confianza con decisiones como la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México que elevó la sensación de inseguridad jurídica y de incertidumbre. A ello le siguió, luego, la cancelación del proyecto de Zonas Económicas Especiales y el anuncia de que su gobierno construirá una refinería en el puerto de Dos Bocas, Tabasco. La decisión se tomó después de que se declaró desierta la licitación para consorcios internacionales para llevar a cabo el proyecto. En adelante la construcción queda a cargo de la empresa del estado Petróleos Mexicanos (Pemex) y la Secretaría de Energía.

Y como punto final a estas decisiones que abonan la desconfianza, el secretario de hacienda, Carlos Urzúa, presentó su dimisión en julio por desavenencias con el presidente y su círculo más cercano.

Las ideas desarrollistas, intervencionistas, industrialistas y nacionalistas de López Obrador ponen en duda el equilibrio fiscal de la administración en el medio plazo ya que los ingresos fiscales no alcanzan para mantener la ortodoxia financiera y, a la vez, promover programas sociales y fortalecer las empresas estatales de energía, en concreto a Pemex, la empresa petrolera más endeudada del mundo.

Brasil es el otro ejemplo de la inseguridad y la imprevisibilidad

Jair Bolsonaro no parece haber encontrado aún el rumbo adecuado en Brasil para gobernar el gigante sudamericano, darle estabilidad y encarar las reformas estructurales.

Los serios problemas que está enfrentando Bolsonaro responden a múltiples variables. La más evidente es su inexperiencia.

Bolsonaro ha demostrado que no tiene experiencia para navegar en el complejo mundo de la política pese a sus tres décadas como diputado provocando una pérdida de respaldo en las encuestas.

En seis meses ha visto como desaparecía gran parte del capital que poseía y que le llevó a ganar con un gran margen las elecciones presidenciales. La aprobación del presidente de Brasil cayó 16 puntos en los primeros tres meses de gobierno, pasando del 67% al 51%, en tanto que la desaprobación subió del 21% al 38%. El índice de confianza en el mandatario disminuyó igualmente del 62% en enero al 49% en marzo. Incluso un 44% declara no confiar en el presidente, porcentaje que en enero era del 30%, según el sondeo del instituto Ibope.

Y la situación ha seguido empeorando: la más reciente encuesta de XP Investimentos/Ipespe, muestra que  un 36% piensa que el Gobierno de Bolsonaro es malo o muy malo. El número de personas que considera que el Gobierno es bueno o muy bueno bajó al 34% desde el 35%.

Esas cifras a la baja se explican por la mala marcha de la economía y por sus dificultades para manejar la agenda. Sus primeros meses han sido un cúmulo de peleas estériles, declaraciones polémicas, cambios bruscos de opinión, marchas y contramarchas. Contradicciones en numerosos asuntos de calado que han provocado que exista la percepción de que en realidad no ha empezado aún a gobernar.

El gobierno de Jair Bolsonaro, como ya se vio en campaña, es una heterogénea coalición cohesionada solamente por el rechazo al PT. Unida para los comicios pero ahora en el gobierno enfrentada como muestra el pulso que existe entre el sector militar –más pragmático- y el ala más ideologizada que se inspira en el gurú Olavo de Carvalho.

Toda esta incerteza alimentada por los errores no forzados del propio gobierno no ha hecho sino profundizar los problemas del país para salir del bajo crecimiento. Brasil aún no ha logrado superar el trauma de la recesión del bienio 2015-2016 y sus actuales tasas de crecimiento (en 2017-2018) son muy bajas (1,1%).

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